¿Cómo vivir en el hogar el amor a la verdad?

Nos parece importante, como parte de la formación que desde la Academia queremos brindar, hablar de un tema clave en la educación en familia: el ambiente educativo.

El estilo educativo de una familia se configura en multitud de pequeños detalles ordinarios. Educar en familia para un católico significa que toda la familia interviene en velar por la formación del niño, y que esa formación debe tener como principal fin la santificación de los hijos, para lo cual confluyen tanto los padres como los maestros, el club como la parroquia.

Para lograr este fin, el de la santificación de los hijos, se necesita velar para proporcionar al niño un buen ambiente educativo.

El Papa Pío XII manifiesta que el ambiente educativo debe ser en primer lugar respetuoso de la verdad. Es la verdad la que permite la formación de la inteligencia, es la verdad la que permite tener una recta conciencia.

“Cuántos padres no comprenden su responsabilidad en este punto capital: la madre que relata al padre hechos que no están conformes a la realidad, haciéndose un poco cómplice del niño; el padre que engaña al maestro dando una excusa falsa por la ausencia del niño; se le hacen promesas al niño que no se cumplirán; se amenaza con castigos o sanciones, sin verdaderas razones, simplemente por irritación; si el niño hace una pregunta embarazosa, se le contesta con una historia que nada tiene de verosímil…”

Es muy importante remarcar que en este aspecto también se educa más por el ejemplo. Si nosotros, los adultos, los que estamos a cargo de la educación, somos propensos a no decir la verdad, los niños absorben ese comportamiento y actúan igual. En su interior entienden que decir los hechos tal cual son no es importante o no es conveniente y entonces, se puede adulterar la realidad. Por eso, antes de corregir a los niños o de querer inculcarles alguna virtud, hay que examinarse uno mismo con toda puntillosidad.

La franqueza es una cualidad primordial. Ella ilumina la conciencia personal.

Hay que hacer todo lo posible para que el niño llegue a ser franco y leal, consigo mismo y con los otros, bajo la mirada de Dios; si no, poco a poco, se instala en él una conciencia débil, que llega a torcerse hasta estar de acuerdo con sus actitudes exteriores.

Esta formación es muy importante ya que por las consecuencias de nuestras pasiones, de nuestro amor propio, uno puede dejarse enredar en este juego y ampararse en falsas “buenas excusas”.

Y lo que puede ser algo anecdótico al comienzo, puede hacerse inmanejable luego. Al comienzo el niño engaña, más por miedo o por interés, que por el hecho de engañar; pero acostumbrado a ello, a acallar la conciencia respecto a ese punto, ya más crecido la mentira será consciente y voluntaria. A la astucia, a la simulación de los primeros años sigue luego la mentira deliberada. Entonces, es mejor combatirlo cuando el mal es todavía débil, esto es, en los primeros años de vida.

Cómo combatir la mentira en el hogar o cómo lograr el amor por la verdad:

Hay dos situaciones que naturalmente van a conducir a faltar a la verdad a los niños, independientemente de cuán veraces seamos los adultos encargados de su educación, por eso es que conviene conocerlas y evitarlas:

  • El maltrato y la mentira:

El niño maltratado miente naturalmente para defenderse. Por lo tanto, los educadores deben dominar sus excesos de severidad. Hay que reemplazar el miedo por la confianza, y hacer uso de la inteligencia y de la buena voluntad del niño para la formación de su vida moral, es mucho mejor que el ejercicio de una disciplina impuesta brutalmente y sin explicación.

Una anécdota de Mamá Margarita y Don Bosco nos ejemplifica bien este tema: Juanito Bosco había roto un frasco de aceite y como fueran inútiles los intentos de borrar el hecho, esperó a mamá Margarita en la puerta con una vara, dispuesto a confesar su crimen y a aceptar el castigo. Luego de escuchar la confesión, y aunque el daño era grave (recordemos que ellos eran muy pobres y una botella de aceite en esa época era como el sustento asegurado de todo un mes), debido a la voluntaria confesión, mamá Margarita decidió no castigar a su hijo. Y se lo dijo claramente: “has hecho mal en romper el frasco de aceite, pero me hace muy feliz que hayas tenido la valentía de confesar tu falta, no te castigaré”. Esto marcará para siempre al futuro educador. Notemos que mamá Margarita no encubre su falta, no la minimiza, y sin embargo, no la castiga, porque el hecho de haber confesado voluntariamente, ya es una reparación muy buena.

Entonces, una vez que el niño ha confesado su falta, conviene no castigarlo, para que el temor no anule ese buen movimiento. Los padres que sacuden a sus hijos para que les digan la verdad sobre el vaso roto o el líquido derramado, y que lograda la confesión, aplican un castigo severo, despiertan en el niño el instinto de conservación, y la resolución de encubrir mejor sus faltas para no ser descubiertos. Es decir, el efecto contrario de lo que se pretende lograr.

No queremos decir con esto que no hay que aplicar ningún castigo. Al contrario, junto con la franqueza hay que desarrollar en el niño el valor, el coraje de aceptar las consecuencias de sus actos, y, por consiguiente, también las sanciones que pueden derivarse de ellos. Se verá entonces, y lo sacerdotes pueden decir que no es raro, niños que van a confesar sus culpas y a enfrentar una penitencia que ellos saben bien merecida. Será entonces, para el niño falta más grave la simulación, la mentira, engañar al que ama, que su propio pecado.

Entonces, el castigo ha de ser acorde al hecho, y ser dado de manera consciente, según lo que convenga en ese momento a tal niño, según lo que se venga trabajando en él.

  • El amor propio y la mentira:

El niño busca hacerse valer y tener la razón. También la vanidad lo empuja a exagerar, a ponderarse, y así, a equivocarse. En este caso puede mentir descaradamente para guardar sus 

apariencias. El niño habituado a las felicitaciones, a las alabanzas estará propenso a este género de mentiras. Más que un castigo que no hará sino endurecer su amor propio, hay que restablecer ante sus ojos la realidad de los hechos, y llevarlo aún a confesión. Se aprovechará para demostrarle que la verdadera grandeza del hombre, lo que lo hace amable, es la franqueza, la humildad en reconocer sus errores.

Tema aparte merecería la formación de la humildad, solo queremos aquí mostrar la íntima relación entre el amor propio desmedido o no encauzado y la mentira. El cuidado que hay que tener de alabar continuamente al niño en sus logros. Aunque está bien darle ánimos y felicitarlo cuando ha logrado superarse en algo que le costaba, no podemos hacer depender su accionar de este estímulo. Y tanto más cuidado hay que tener, cuanto mayor es el número de adultos que rodea al niño. Esto lo explica muy bien el p. Petit de Murat en su libro El amanecer de los niños, por eso no nos vamos a extender aquí.

En resumen, para educar en la verdad, el educador debe cuidar primero que el ambiente que rodea al niño sea respetuoso de la verdad, y en segundo lugar, desarrollar la confianza del niño, hacer un llamado a su valor y nobleza, para que se anime a decir la verdad.

Como educadores, debemos ser conscientes de la importancia de descubrir cuál es la razón detrás de la falta de verdad en el niño, para aplicar mejor el remedio. Y estar atentos para no alimentar por un lado el monstruo y por el otro, querer dominarlo. Nuestras acciones en labor educativa no pueden ser inconexas o inconscientes: tenemos que tener claro el objetivo y que todo lo que hagamos, conduzca a ese fin.