En nuestra Academia es muy importante que nuestros alumnos no solo lean literatura clásica y estudien la lengua sino que también puedan contar con espacios para poder poner en práctica lo aprendido.

 

Durante el 2021, los alumnos de 7mo. y 8vo. participaron de un Concurso Literario como trabajo final de la materia de Lengua y Literatura. El objetivo: que los alumnos logren una integración de los contenidos mediante la práctica de la escritura creativa a partir de una consigna propuesta.

En este artículo de nuestro blog, presentaremos los trabajos ganadores.

¡Felicidades a las ganadoras!

 

7mo. año – Concurso Literario

Cuento a partir de una obra de arte (Noche estrellada de Vincent Van Gogh)

Ganadora: Carmela Andreone

La casa de los abuelos

La luz de la mañana entraba como en haces a través de las varillas de madera desvencijadas de los postigos de la galería de esa casa de campo que había sido de mis abuelos. Hacía años no se visitaba ese lugar, tantos que no podía recordar cuándo había sido la última vez que estuve en “La Cerrillada”. Me vinieron recuerdos como en flashes de mi infancia, de mis primos, mis hermanos, jugando con cartas en la mesa del comedor, de las peleas interminables hasta la madrugada atacando y conquistando o perdiendo países con los dados rodando del TEG. El olor de los tallarines con estofado que amasaba mi abuela, el aroma de los scones que robábamos calientes del viejo horno, pese a las protestas de ella. La vez que dejamos abierto el corral de los conejos y los metimos en la casa. Los días de tormenta eléctrica que pasábamos tomando mate deseando que dejara de llover viendo cómo mi abuelo miraba esa lluvia que bendecía los sembrados después de semanas de sol rajante de verano.

La casa era y no era la misma. Los muebles tapados con sábanas blancas llenas de polvo. La madera del piso que crujía a cada paso. El olor a humedad no había cambiado. Afuera se escuchaban las calandrias, empezaba a hacer calor y yo estaba de nuevo ahí como antes. Sola. Mis abuelos hacía tiempo que habían muerto, a mis hermanos y a mis primos hacía tiempo que no los veía. Cada uno creció, estudió, formó su familia y de a poco se fueron yendo. Mechi en Buenos Aires; Lucre al sur, cerca de Bariloche; Juan y Santiago en España. ¡Qué lejos queda España! Habían vuelto para una Navidad, hace tres años, y fue la última vez que los vi.

Papá y mamá ya no venían al campo. Después del accidente, papá dejó de manejar y la vieja nunca supo. La casa se cerró y el día que Julio, el viejo peón murió, el campo quedó solo. El ganado se vendió, las caballerizas y los corrales quedaron vacíos. Papá me llevó para que fuera a verla, con la idea de arrendar las tierras, ver en qué estado estaba la casa, para estudiar qué se le podía hacer para mejorarla. Mientras él hacia la recorrida con un posible interesado, decidí quedarme y entrar. Los recuerdos llegaron como en olas, en susurros, en forma de viento y de risas.

Caminé por el pasillo que daba a las habitaciones. Todavía estaban colgadas las viejas fotos de papá con el Aitona y la Amona, en un blanco y negro descolorido. Las fotos de los nietos, de cuando nos faltaban las paletas, arriba de los caballos con el abuelo siempre con boina, pero mucho más joven. Me dieron ganas de llorar. Toqué despacito esas fotos llenándome de polvo. Miré al fondo y sonreí. El viejo placard. El de los juegos de mesa, los libros y los juguetes. Corrí y lo abrí. Salió el olor de las sábanas y manteles de la abuela, ya con las manchas del tiempo. Abajo los libros. Arriba los juegos. Cajas y cajas. Me estiré lo más que pude para tomar la del T.E.G., la que tenía la tapa de la caja rota llena de cinta scotch. Tiré fuerte.

Voló la infancia por el aire. Las tarjetas, las cartas, y una lluvia de fichas de colores que empezaron a rodar por el piso, metiéndose por la madera, saltando y escapando. Unas fichas amarillas salieron rodando como monedas a la habitación de los abuelos.

– ¡Que no tires de la de abajo! Vais a romperlo todo.

Seguí hipnotizada mirando cómo giraban las fichas y entré despacio, como cuando era chica, a ese lugar especial. Frente a la cama, una cómoda grande y arriba el espejo lleno de arañitas negras por todo el borde. En el reflejo vi el cuadro. Ese cuadro de una noche, que para mí siempre fue de una noche de pinos bailando en un mar de pintura espiralada.

– ¿Por qué hay tantas lunas Aitona?

– ¡Que no son lunas, niña, son estrellas! Mira, la luna es esa, la más grande.

Su mano arrugada tomó la mía y dibujó el círculo marcándolo bien.

– ¿Y de quién es el cuadro Aitona?

– Pues que te lo he dicho mil veces, lo he pintado yo.

Le sonreí a través del espejo. Siempre supe que me mentía.

– ¿Es de dónde vos vivías?

– Si, claro. De mi pueblito en España.

Por el pasillo, una voz.

– ¿Quién ha hecho este desastre?

Era la Amona.

– Mujer, que no pasa nada, que ahora lo levantamos.

– ¡Pero hombre! ¿Qué cuántas veces les he dicho que no tiréis de las cajas? Siempre me dejáis a mí con todo.

Sabía que iban a pelear un rato, tirándose los dados, conquistando sus territorios. Para él, España, para ella, Argentina. Él siempre sería el amarillo y ella, el celeste. Mi Aitona me guiñó el ojo. Yo le apreté fuerte la mano, para que no se me escurriera. Sentí sus años y fuimos por ese instante, cómplices.

Desde el cuarto llegaba el olorcito de un budín de naranjas. La Amona se fue protestando apurada por la urgencia de la cocina. Yo me quedé mirando el cuadro, las estrellas, la luna, las fichas y el rostro descolorido de mi Aitona.

8vo. año – Concurso Literario

Obra de teatro que integre todo lo estudiado durante el año.

Ganadora: María Bulgheroni

Acto 1.

El Ladrón pasa por una panadería. Se detiene y entra. Tiene demasiada hambre, y no puede evitar ver los panes recién salidos del horno sin que los ojos se le abran como platos.

LADRÓN: ¿Cuánto cuesta el pedazo?

ENCARGADA: Buenos días. Amable señor, el pan aquí se vende por kilo.

LADRÓN: Bueno. Me dicen Ramón, no soy señor. ¿Y cuánto se paga por el pedazo? (fingiendo no haber entendido).

ENCARGADA: No comprende. No se puede comprar solo un pedazo. Puede comprar o un kilo o más.

LADRÓN: Ah, lo siento. (pensativo). ¿No podría probar un pedazo para ver si comprar el kilo?

ENCARGADA: (cortante) No.

LADRÓN: Bueno, le compro entonces un kilo.

(La encargada prepara la bolsa y se la entrega al Ladrón)

LADRÓN: Pensándolo bien, creo que sería mejor dos kilos, así le comparto a mis sobrinitos.

(La Encargada lo mira cansada y le agrega más cantidad a la bolsa)

ENCARGADA: Aquí tiene. Quinientos pesos en total.

LADRÓN: Lo probaré en casa y le diré si está rico como para pagarle. Muchas gracias. Ah, por cierto, mi verdadero nombre es Sapra. (Y sale corriendo con la bolsa mientras sonríe por su trampa).

ENCARGADA: (perpleja) ¡Un ladrón en la esquina con mis panes! ¡¡¡ SAPRA EN LA ESQUINA!!!

(Todos los dueños de los locales cerrando sus tiendas y asomándose por la ventana, temiendo al famoso ladrón Sapra. Gente por las calles corriendo como locos, y policías en sus motos buscando a su presa. La Encargada hablando con la comisaría por teléfono)

ENCARGADA: (frenética) ¡Si, llamo a la comisaría, tenemos localizado a Sapra! ¡Y estuvo en MI local! ¡Me ha robado dos kilos de pan! ¡Y el de mejor calidad!

(Mientras tanto, el Ladrón corriendo por las calles más oscuras donde puede pasar desapercibido. De repente, escucha sonidos de helicóptero)

LADRÓN: (irónicamente) ¡Ay, todo esto por mí! Gracias, ¡gracias! Lamento decirles, gente, que, como todas las veces que cometí un crimen, nunca salí perdiendo. ¡Y esta vez, tampoco perderé!

(Y subiéndose a un contenedor lleno de basura, se metió dentro. Ahora, si hubiera visto a una pequeña figura siguiéndole, habría hecho algo al respecto. Pero, siendo lo contrario, un niñito, sin ser visto por nadie, le habló de afuera del contenedor, ya que no se atrevía a meterse en el basurero)

NIÑO: ¿Qué haces aquí dentro? ¿No te diste cuenta que te están buscando?

LADRÓN: (Con voz imponente, pero con miedo por dentro) ¿Quién anda ahí?

(Al no darse cuenta el Ladrón que él es solo un niño, el pequeño aprovecha)

NIÑO: (Tornando la voz grave) Soy la policía, y venimos a pedirle que nos entregue los dos kilos de pan, si es que no quiere que lo llevemos preso. 

LADRÓN: Aquí los tiene, aquí los tiene (tirando la bolsa fuera de su escondite). ¿Desea algo más?

NIÑO: Sí, que salga de ese contenedor, y que se aleje fuera de mi vista, antes de que me arrepienta de mi buena actitud y lo encarcele. Tenga cuidado que estoy apuntando con la pistola, así que le recomiendo no darse la vuelta.

LADRÓN: Sí, buen policía.

(Y obedeciendo todo lo que le ordenó, se retiró hasta que el Niño no lo pudo ver más. Al cabo de unos minutos, se escucha el ruido de las sirenas. El Ladrón ha sido visto y capturado por los verdaderos policías)

NIÑO: Nunca me había pasado de conseguir pan pidiéndoselo a un ladrón de buena manera. (Se encoge  de hombros y comienza a comer el pan).